No hay duda, tiene que ser ella –debía pensar el Padre al ver que María, nada más saber que su parienta Isabel esperaba un hijo en su vejez, se dirigía presurosa a la montaña para ayudarla. Dios no manda a su Hijo al mundo de vacaciones, sino a cumplir su voluntad. Y María parece hecha del mismo molde: no se detiene un momento para autocontemplarse como elegida de Dios, sino que acude allí donde sabe que tiene que servir.
En las entrañas de Isabel, Juan salta de entusiasmo al notar la presencia de aquél a quien preparará los caminos y el corazón del pueblo para que le acojan como Mesías y Cordero de Dios. Isabel pone las palabras: María es bendita entre todas las mujeres porque ha puesto su vida en las manos de Señor, y todo lo que ha creído se cumplirá.
En puertas de las fiestas de Navidad, que son sin duda las más intimistas del calendario anual, la Visitación de María a Isabel nos invita a no reducir la Navidad a una retahíla de tradiciones hogareñas. Jesús ha venido a prender en el mundo el fuego del Espíritu, y cuenta también con nuestra fe manifestada en obras.
Misa de cada día