A menudo tienen que venir de lejos para enseñarnos a valorar lo que tenemos cerca. Los habitantes de Belén quizás no advirtieron que la vida de aquel niño tan normal, y la de aquella familia recién llegada, era extraordinaria.
Tuvieron que llevar unos magos de Oriente para revelar cómo Dios estaba presente a su lado, en aquellos vecinos llegados desde Galilea. Entonces pudieron entender los textos de los profetas que anunciaban una luz que atraería gente de todas partes. Pese a la proximidad de esta luz, permanecían a oscuras. No lo habían descubierto. Muchas veces somos incapaces de ver lo que tenemos delante. Solos, aislados, nos dejamos llevar por la rutina y la monotonía. Necesitamos la ayuda de los demás para que nos despierten y así podamos captar el sentido de lo que vivimos. En cambio, para aquellos que buscan, todo se convierte en signo, ya sea una estrella en el cielo o las palabras de los antiguos.
La salvación del Dios de Jesucristo es para ellos. Debe llegar a todos los pueblos. Nadie posee la exclusividad. Todo aquel que lo busca de verdad lo puede encontrar.
Misa de cada día