El Evangelio es Buena Noticia, es alegría, es celebración. Jesús aprovecha un banquete nupcial para dar a conocer su mensaje. Es un momento idóneo. La boda nos remite a la experiencia del amor y de la fecundidad. El convite, a la abundancia y la generosidad. El vino, a la alegría y a la fiesta. Ahora bien, a veces el vino se termina. La ilusión se desvanece. El entusiasmo se apaga.
Cuando el Evangelio se convierte en una palabra que no resuena en nuestro corazón, tenemos que acordarnos de hacer lo que él nos diga. No somos espectadores pasivos de la fiesta a la que hemos sido invitados. Para disfrutarla, debemos participar activamente, hacerla nuestra. Aunque sólo tengamos agua, al compartirla se convierte en motivo de fiesta y de celebración.
La iniciativa es de Dios. Es él quien nos invita. Pero quiere nuestra implicación. Debemos colaborar aportando lo que tenemos. Atentos a todo lo que sucede y diligentes para resolver cualquier complicación. Es así como descubrimos que también nosotros somos parte en la fiesta. Estamos llamados a formar parte de la Buena Noticia de Jesús.
Misa de cada día