Estamos acostumbrados a ser el centro de todo lo que pasa, pero la Palabra de Dios nos sacude. Nos incomoda porqué nos desplaza de este lugar preeminente que nos hemos adjudicado. Nos cuesta ceder el protagonismo, asumir nuestra debilidad y dejarnos amar. A menudo reaccionamos con rebeldía cuando sospechamos que detrás de una situación, de unas palabras o de una persona se esconde una interpelación de Dios. Y si, además, quien nos trae este mensaje sobrecogedor es alguien conocido, lo rechazamos, proyectamos sobre sí nuestras desconfianzas.
Quizás no seamos capaces de entender que es Dios mismo quien quiere descargarse del lastre acumulado a lo largo de la vida. Es un médico que no desea otra cosa que nuestro buen y, sin embargo, nos resistimos y lo responsabilizamos de nuestra dolencia.
Ningún profeta es bien recibido en su casa. No valoramos a quien tenemos cerca. Sin embargo, Dios se empeña en hablarnos a través de los de casa. No es un Dios lejano y nos habla por boca de nuestro prójimo, ya sea con sus palabras, con su testimonio o por medio de sus necesidades. Nos toca escucharlo.
Misa de cada día