Una máxima universal es tratar a los demás como queremos que ellos nos traten. El Evangelio no es ajeno a esta muestra de sabiduría que nos ayuda a hacer más fluida la convivencia. Pero tarde o temprano encontramos a alguien que no nos trata como quisiéramos. Nos duele. Tal vez no ha sido su intención. Pero nuestra herida es dolorosa y en nuestro corazón nace el rencor. O, peor aún, nos ha ofendido o nos ha causado dolor expresamente.
Nos sentimos vulnerables y nos queremos defender. Sin embargo, el Evangelio nos pide que amemos a estas personas. Algo que nos parece imposible. No somos capaces. Pero todo cambia cuando dejamos de mirarlas con nuestros ojos y los vemos desde la perspectiva de un Dios misericordioso. Seguramente lo que han hecho no era correcto.
Ahora bien, a pesar de que Dios sea justo y no tolere la injusticia, también es Padre y ama a sus hijos a pesar de sus errores. Quizás nosotros no somos tan magnánimos como para hacer el bien a los que nos odian. Pero es necesario que nos atrevamos a mirarnos a nosotros mismos y a los demás con los ojos de Dios. Entonces no seremos capaces de hacer ningún daño a sus ungidos, es decir, a sus hijos.
Misa de cada día