La pureza de que habla tan a menudo el evangelio no tiene nada que ver con la higiene moderna. Es, más bien, la capacidad de presentarnos ante Dios sin ofenderle. Las tradiciones judías lo convirtieron en una lista interminable de normas que hacían sufrir y provocaba discriminación y aislamiento social. Está claro que todos somos impuros ante Dios, pero Jesús ha venido a purificarnos a todos no en virtud de nuestros méritos sino de su gracia. Por lo tanto, nadie debe ser despreciado a causa de su presunta indignidad. La impureza nunca viene de fuera. No proviene de lo que tocamos ni de los lugares donde hemos estado. La verdadera y única impureza es el pecado que anida en nosotros y se convierte en comportamientos-incorrectos e hirientes, Jesús nunca quiso evitar ni nos ha mandado evitar lugares o personas impuras, sino que nos envía a llevar vida, salud y perdón por doquier, tal como él hizo, y especialmente allí donde hay alguien que sufre.
Misa de cada día