El agricultor sabe esperar pacientemente y se adapta al ritmo de la naturaleza. Las semillas germinan y los frutos maduran a su tiempo. Es el agricultor quien debe adaptarse a la tierra y no al revés. Él sabe también que su trabajo es imprescindible, pero que la abundancia de la cosecha depende de muchos otros factores: la lluvia, el sol, las plagas…Él es colaborador, no creador. Y sabe que las pequeñas semillas contienen el potencial que puede desarrollar un gran árbol. Por esto no desprecia lo pequeño. En el pequeño plantel de hoy ya ve la gran cosecha de mañana. Necesitamos la mirada del agricultor para entrever el crecimiento del Reino de Dios entre nosotros, valorando los pequeños gestos de amor que pasan desapercibidos a quien no mira con atención, contemplando la lenta maduración de las personas que aprenden a amar a base de heridas y tropiezos, sabiendo que tenemos que esmerarnos pero que Dios trabaja mucho más que nosotros.
Misa de cada día