Hijo inesperado de una pareja anciana y estéril, Juan es el símbolo de una Antigua Alianza ya agotada. Ya no daba más de sí, hacía tiempo que se había apagado la voz profética y parecía que el pueblo judío se veía irremisiblemente condenado a repetir unos rituales vacíos y a cumplir unas normas meticulosas esperando una improbable intervención divina. Pero he aquí que Dios irrumpe en la rutina sin futuro de aquella pareja y les regala un niño que tiene que ser el precursor de la palabra nueva y definitiva dirigida por Dios a la humanidad entera. Por esto el niño tiene que llamarse Juan, que es un nombre sin precedentes en aquella familia. Por esto su madre salta de alegría y se contagia del don profético del hijo que lleva en sus entrañas cuando recibe la visita de María, la llena de gracia, la bendita que ha creído y lleva en su seno al Salvador del mundo. Junto al río Jordán, Juan era la voz que llamaba al pueblo a conversión para preparar el camino al Señor. Una llamada aún vigente para nosotros.
Misa de cada día