Los apóstoles se asustan cuando Jesús resucitado se presenta en medio de ellos. Aunque no pueda satisfacernos de modo absoluto, el pensamiento de que no hay nada en la vida que sea para siempre nos permite refugiarnos en una dulce melancolía. En cambio, la resurrección de Jesús nos abre al vértigo de una vida sin límite. Por esto el Señor nos conforta con su saludo: la paz esté con vosotros. Esta paz va asociada a una comprensión nueva del sentido global de la historia y de cada historia humana. Hasta los episodios más oscuros y turbulentos acaban cobrando sentido porque permiten que se manifieste la voluntad salvadora de Dios, que acabará reuniéndolo todo consigo mismo. El Resucitado tiene carne y huesos y come pescado a la brasa. Este mundo material en que nos movemos será también transformado, y por esto tenemos que custodiarlo como una semilla que Dios hará fructificar en su Reino. No podemos decir que los seres que no tienen alma inmortal no participarán del Reino, porque también la materia llegará a su plenitud.
Misa de cada día