Hay curas que se enfadan cuando alguien habla demasiado alto no la iglesia, pero este no es el caso del evangelio de hoy. Jesús no denuncia ningún abuso. Los cambistas de moneda y los vendedores de animales para los sacrificios eran elementos necesarios para el buen funcionamiento del culto en el templo. Jesús no sufre un ataque de ira, sino que hace un gesto profético. Por esto no lo apedrean, sino que le preguntan por la autoridad con que cuestiona el culto vigente en aquel momento. Jesús responde con una frase enigmática, que sólo se comprenderá a la luz de su resurrección. Para los cristianos no hay un lugar sagrado que nos conecte con la divinidad, sino una persona: Jesús. Tenemos acceso a él por medio de la comunidad reunida en su nombre, sobre todo cuando celebra los sacramentos, en su palabra proclamada, y en los pobres y los pequeños con quienes se identifica. Jesús no necesita templos, pero nosotros si. De hecho, como cristianos no tenemos que ir al templo a buscar un lugar sagrado, sino que somos nosotros los que nos convertimos en sagrados alrededor de la eucaristía, la Palabra y el servicio a los necesitados.
Misa de cada día