El pueblo, como siempre sucede, esperaba un cambio, y aquel día que Jesús entraba en Jerusalén depositó en él sus ilusiones. Pero Jesús no venía a encabezar una revuelta sino para una misión más alta. Plantó cara a la muerte para restaurar el vínculo de la humanidad con Dios y de los hombres entre ellos. Su sacrificio fue extremo, pero lo consiguió. Al morir, la cortina que cerraba el santuario se rasgó en dos trozos de arriba abajo: ya no hay barreras entre Dios y la humanidad. Y el centurión que vigilaba la escena declaró que en verdad este hombre era hijo de Dios: la fe se hace accesible a todos, incluso a los paganos. Los apóstoles han desaparecido del mapa. En la hora decisiva sólo quedan las mujeres, una presencia casi invisible en el resto del evangelio. Y José de Arimatea, un valiente que tenía mucho que perder y no escondió la cara. Frente a tantas propuestas evasivas para la semana que hoy comienza, es necesario que nos dispongamos a vivir el misterio central de nuestra fe.
Misa de cada día