A menudo caemos en el error de pensar que, porque ya hace mucho tiempo que conocemos a una persona, sabemos de qué pie cojea y no puede sorprendernos. Es el primer paso para banalizar una relación y caer en la rutina. Algo así les pasó a los vecinos de Nazaret cuando Jesús los visitó. Creían que lo sabían todo de él y no eran capaces de abrir el corazón al misterio que Jesús les mostraba. Tres cuartos de lo mismo nos puede pasar a los que somos cristianos de toda la vida. Podemos creernos tan expertos en vida cristiana que ya no dejamos margen a la iniciativa ya la llamada de Dios en nuestras vidas. Hay gente (afortunadamente pocos entre nosotros) muy preocupada por la licitud y la validez de cada rito y cada gesto que el cura ejecuta durante la misa. Hay que ser fieles a las normas litúrgicas, pero es más importante que nos preocupemos de la licitud y validez de la actitud con que participamos en la misa, no fuera a ser que la gracia de Dios pasara de largo al encontrar un corazón cerrado a su acción.
Misa de cada día