Si ser cristiano no es asumir una ideología y unos mandamientos sino participar de una nueva vida porque hemos recibido el Espíritu Santo. No lo sabemos definir, pero podemos decir que nos habita sin poseernos, que nos inspira y nos hace más libres, que nos hace comprender las cosas de Dios en la mediad de nuestra capacidad, que nos guía y acompaña, que nos enseña a discernir y a acertar el buen camino.
El Espíritu es también quien nos hace capaces de amar y de sentirnos hermanos los unos de los otros más allá de todas las diferencias. Es el imán que mantiene unida la Iglesia pese a las aparentes divisiones. Es la fuerza misteriosa que actúa más allá de los confines de la Iglesia visible y acerca a todos los seres humanos a la verdad y a la bondad.
Hoy no celebramos el recuerdo de un acontecimiento que sucedió hace veinte siglos. En el Pentecostés de aquellos primeros discípulos reconocemos los pentecostés de hoy y de siempre, porque seguro que el Espíritu del Señor se las apaña para actuar de manera sorprendentemente creativa y eficaz en cada ser humano e introducirlo así en el camino de la salvación.
Misa de cada día