En contraste con la escena espectacular del bautismo del río Jordán, hoy las lecturas nos hablan de las llamadas de Dios escondidas en sucesos cotidianos. Samuel es un muchacho que se desvela al soñar que alguien le llama: nada extraordinario. Los discípulos de Juan tienen una breve conversación con Jesús a las cuatro de la tarde. Sienten curiosidad y él les invita a acompañarle. Siempre hay alguien que nos ayuda a prestar atención, a afinar los sentidos, a intuir que hay una realidad mucho más profunda que la aparente banalidad. Juan dijo a los discípulos: “Este es el cordero de Dios”. Elí no era ejemplar en el oficio sacerdotal, pero enseñó a Samuel cómo tenia que responder a la llamada de Dios. Andrés era el hermano de Simón Pedro y fue a decirle: “Hemos encontrado al Mesías”. ¡Qué importante es encontrar a alguien que, aunque no se mejor que nosotros, nos acompañe hacia Jesús! Si Pablo nos advierte contra el pecado de fornicación no es porque el Sexo sea malo, sino porque el cuerpo es el instrumento que Dios nos ha regalado para que aprendamos a amar y a servir. ¡No lo banalicemos!
Misa de cada día