Un hombre poseído por un espíritu maligno en la sinagoga. Rezaba y escuchaba, pero al pobre hombre no le servía de nada. El diablo, en cambio había encontrado una manera eficaz de desacreditar a la religión: todos aquellos rituales no eran capaces de liberar a aquel hombre. Jesús entra y marca la diferencia. Aquel pobre diablo no puede soportar la presencia de quien enseña con autoridad una doctrina nueva, se pone en evidencia y sucumbe a la orden de Jesús. Sale del hombre, que sufre una crisis pero al fin queda liberado. También en nuestras iglesias podemos encontrar a personas encadenadas por los malos espíritus del fanatismo, el rigorismo, los escrúpulos morales, el autoritarismo, el control de los demás, incluso el abuso de los más débiles. Los ritos y devociones no tienen ningún poder sobre estos malos espíritus, incluso a menudo los refuerzan dándoles una apariencia de bondad. Sólo el encuentro directo con la persona de Jesús trastorna a los malos espíritus y libera a las personas. La salud de una comunidad cristiana no depende de las formas externas sino del reconocimiento de la autoridad de Jesús.
Misa de cada día