En el lenguaje apocalíptico de moda en tiempos de Jesús, se explicita el miedo al futuro que anida en el corazón humano. Miedo inútil, porque la mayoría de las desgracias por las que sufrimos anticipadamente al final no se cumplen. Jesús nos dice que la última palabra no la tiene ninguna desgracia sino la venida del Hijo del hombre, que congregará a sus elegidos. Él es nuestro destino definitivo, puesto que todas las cosas son caducas excepto sus palabras.
Este modo de lenguaje nos podría llevar a evadirnos del presente y dedicarnos a especular sobre el momento en que todo esto sucederá. Pero Jesús nos dice tres cosas. En primer lugar, que de alguna manera todo esto ya está ocurriendo, que forma parte de nuestro tiempo. En segundo lugar, que no sirve de nada jugar a las adivinanzas, porque solo lo sabe el padre. En tercer lugar, que el mismo ritmo de la naturaleza puede servirnos de lección: si abrimos los ojos a la realidad que nos rodea, ella misma nos habla de Dios y de nuestro destino.
Misa de cada día