El fruto que Dios espera de cada uno es proporcional a las capacidades que nos ha querido dar. Por esto es absurdo fomentar un clima de competitividad. Lo que Dios quiere de nosotros es que aprendamos a colaborar.
Dios no impone un listón a superar, pero no tolera nuestra pasividad. Este es el pecado del que había recibido un talento y lo escondió sin hacerlo rendir.
Ejercitar las capacidades que Dios nos ha dado nos hace crecer como personas y nos faculta para administrar bienes mayores. Sin embargo, fijémonos que el auténtico premio que nos ofrece no es un aumento de poder, sino entrar en su casa para celebrarlo. La verdadera meta de la vida humana no es la superación de uno mismo, sino la participación en la intimidad divina.
Misa de cada día